Libro de Plata

Dictado 1

Te miro, me ves…

–Sí.

Parecías más alta.

–Me han dicho eso muchas veces. ¿Por qué yo?

¿Y porque no? Cuando te llaman a comer, preguntas ¿por qué yo?

–No.

            Cuando tu cuerpo pide agua, preguntas…

–¿Es la necesidad?

Y cuando crees estar enamorada ¿es la necesidad?; o solo nace en ti…   

–Solo nace en mí.

            Entonces yo solo nací… ¿Cuánto quieres saber?

–¿Quién eres?

            Me llamas Efaín, soy Efael. Mi portador puede llamarme eso si en caso lo quiere, siempre y cuando merezca su nivel. Si el nivel fuera inferior tendrías que llamarme Efesthus. Llámame Efaín, te sientes más cómoda…     

–Está en mí ese nombre.

            No dejes que se vaya entonces. Huelen a tierra vieja, mucha tierra vieja. Mi padre olía así. No puedo reconocer a muchos de ustedes, y si lo puedo hacer… No es quien portas lo que eres; más bien eres lo que portas. Un ángel portado solo necesita un cuerpo para ser llevado, un portador no tiene la tarea de ser como el ángel; más bien puede usarlo.

¿Cómo me usarías, en beneficio de qué o quién?      

–¿Hay una persona especifica?

            Dímelo tú… Cuando dudas, tu boca te delata. Tu lengua empieza a trabarse, trata de corregir ese error… repite tu pregunta.

–¿Que si hay una persona especifica?

            Dímelo tú…

–Que no está aquí.

            Que está aquí, si esta. Debes aprender a desprenderte. No todo lo que está contigo llega a ti, es parte de ti ¿qué buscas para ti?

–Nada.

            ¿Qué esperas encontrar entonces?

–Que mi adrededor este bien…

            Y tu lengua te sigue delatando… Si no buscas algo, no puedes esperar nada. Que nadie te diga que eres igual al resto. No lo eres; nadie en esta sala lo es. ¿Quieres saber si eres especial, si eres diferente?

–No.

            ¿Entonces cómo te aceptas?

–No existe una palabra.

            Se llama conciliación; si existe… También se llama resignación. Estar resignado a ser lo que se es, no es bueno, ni gratificante para el espíritu.

–¿Qué tengo que hacer entonces?

            No repetiré las palabras que ya hemos dicho… ya sabrás que hacer. Ahora he pedido conocerte y que nos conozcas; aún hay mucho por conocer y a muchos también. Hay quienes se les es negado el derecho pues han hecho méritos para perder el favoritismo. ¿Qué quisieras ver?

–¿Todo esto va a ser bueno?

            Termina tu pregunta…

–¿Para todos y para mí?

            Bajo la gracia de tu Dios, sí; bajo tus expectativas también. Aprenderás a odiar a los odiables y a odiar a los que crees querer también; diferenciaras entre aquello que se quiere, y aquello que se estima. Estimaras aquello que es invisible para ti y aprenderás a amarte a ti misma. Ten claro, si no te amas a ti, no amas a nadie; que no se confunda tu corazón. Si alguien llega a ti y dice amarse o dice amarte, revisa primero su autoestima; si no se ama a si mismo…      

–¿Cuánto tiempo estas aquí conmigo?

            Desde el primer golpe de esa rodilla…

–Es esta.

            Entonces lo confirmas…

–Sí.

            Soy quien dijo: ¡Shhh!

–Ah…

            No me gustan los quejidos, solo fue por eso. No habrán más golpes, no si me dejas estar ahí…

–¿Me podía morir?

            Pero aquí estas. Preguntaste si ese era tu lugar… digamos que tu rodilla te trajo hasta aquí. Cuéntales la historia, les va a gustar.

–Ay, es que…

 

            No ahora. Si vuelves te veo pronto; si no, igual estaré ahí.